La Sicalipsis, la Ingravidez … y los manises salados – Llegan tarde

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20 septiembre 2016

Y yo comencé mi discurso … hablaba de lo etéreo, de lo intangible:

“Es como cuando te deslizas por el suelo de una piscina azul, llena de líquido azul que te cubre, justo, hasta donde empiezan las razones del habla. Sientes esa enorme e ingrávida, sensación de que tu cuerpo, ni tu alma, siente esa terrible y cruel, fuerza que ejerce la gravedad sobre nuestras pesadas y humanas, cargas a la vez que también te liberas de los límites que sobre ti ejercen los sentidos. Abrazar la ingravidez que ofrecen es algo por lo que lucha el intelecto humano desde su origen, sentirse inmerso en ellos hasta que afloren los sentimientos, solo es cuestión de creer en ellos, en su existencia y en nuestra capacidad de generarlos. Sin sentidos no hay vida, sin sentimientos, morimos.”

Al terminar se posó ante mi uno de esos peligrosos chavales que rondan los cuarenta y me pregunta, rascándose la barbilla en un gesto muy de actor de cine español en blanco y negro: “Oye, Enrique ¿Tú no crees que en esa charla que nos has dado intentas, claramente,  trasladar un oculto y poco sincero mensaje sobre las bondades de la sicalipsis y escasamente dejas ver el inútil culto al amor sincero, frente a una economía que solo prima el culto al body, al sexo fácil y al concepto del éxito enfundado en la fama aunque sea el de una Choni?”

Lo miré, al cuarentón), y le dije en tono de profesor de Literatura d segundo de Bachiller de los 60: “Verás, siempre me sentí diferente. Me gustaban y me gustan, los cielos borrascosos, las noches sin final y un trabajo inacabable, profundo y realizante, sin límites. Siempre escogí, ante la variedad ofrecida, los manises salados, por eso y por muchas cosas más, me enamoré de ella. La suerte fue, seguramente, que los manises y ella, me escogieran a mi. Ah, te diré también que,  a mi juicio, la sicalipsis existe siempre en cualquier relación, incluso diría que aparece en el período menos relevante, totalmente necesaria, pero yo hablo de otra cosa … seguramente has llegado tarde” – “No, no, llegué antes de que tú llegaras”, me dice el muchacho, y yo le contesté: “No, no me refiero a lo de ahora … piénsalo”. Y el cuarentón, (Adrián me dijo llamarse), se quedó allí, sin habla y ni siquiera se volvió cuando le dije adiós.

Manises … “del maní”


enriquetarragófreixes

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Acerca de etarrago

""Grito que no creo en nada y que todo es absurdo, pero no puedo dudar de mi grito y necesito, al menos, creer en mi protesta""" (Albert. Camus)
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